Transición energética I: superando el bla, bla

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Transición energética I: superando el bla, bla
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El columnista Mauricio Botero, cree que es posible que Colombia haga una transición energética de aquí al 2035, tanto en la oferta como en la demanda.


Contrario a lo que afirman respetables analistas, este columnista cree que es posible que Colombia haga una transición energética de aquí al 2035, tanto en la oferta como en la demanda. En el continente, en menos de tres lustros, dos países tienen una matriz 98 % limpia y renovable: Uruguay y Costa Rica. En oferta de energía eléctrica, Colombia parte de una muy buena base: el 70 % de la generación ya es limpia y renovable. Donde el país sigue teniendo enormes retos y protuberantes fallas es en el transporte y la distribución de electricidad limpia y renovable, especialmente en las regiones más apartadas. Los “peajes” absurdos e interminables de las consultas, la burocracia al otorgar licencias para el transporte y la distribución, y la cultura del no pago en muchas regiones dificultan la transición.

El gas natural, hidrocarburo sucio y no renovable, está lejos de ser un combustible ideal, pero es esencial en la transición. En la extracción y el transporte del gas se despide metano y en su quema se emiten importantes cantidades de CO2 (aunque menos que el carbón y el petróleo). Que la Unión Europea haya declarado el gas “verde” (con la única finalidad de acceder a fondos reservados a proyectos no contaminantes) es un flagrante acto de hipocresía. Hoy en Colombia, aparte de la industria, hay cerca de 11 millones de hogares que usan gas natural, al igual que un muy pequeño número de transportistas. Pero además de ser contaminante y no renovable, el gas natural tiene un enorme subsidio implícito. Como lo afirma Felipe Bayón, presidente de Ecopetrol, “si importamos gas natural se triplicaría o quintuplicaría el costo del servicio para el usuario final. Esa factura de $30.000 sería de $120.000 o $150.000. Sería un impacto para el colombiano de a pie”.

Es esencial empezar a dejar de subsidiar el gas natural y que, como se hará con la gasolina, su precio refleje el verdadero costo. El transporte con gas, llámense taxis, buses o camiones, no tiene sentido y se debe empezar a desincentivar su uso. Desde ya esos vehículos, al igual que la industria, deben pagar su costo real. Ante la muy segura escasez de gas en menos de una década, en caso de no intensificar la exploración (incluyendo el fracking) ni disminuir el consumo, muy seguramente nos veremos abocados a importarlo. Traerlo desde Venezuela, como lo proponen algunos funcionarios, sería una locura. Venezuela ya nos dejó colgados de la brocha en materia de suministro de gas y no hay la menor duda de que volverá a hacerlo. La industria petrolera venezolana está despedazada y las inversiones en reparar los gasoductos serán incosteables. No repitamos los errores de los europeos.

Para lograr el objetivo “verde” en menos de tres lustros, se necesita combinar varios aspectos, entre otros: decisión política, acciones administrativas audaces, inversiones cuantiosas, incentivos virtuosos y reglamentación adecuada. Sin que se combinen estas iniciativas, es poco probable que el país haga una transición energética en este siglo. Claro que va a ser costoso: los expertos de Fedesarrollo calculan que costará US$37.000 millones, inversiones que adelantaría mayoritariamente el sector privado nacional e internacional. Al convertirnos en un “país verde”, tendremos un menor costo de endeudamiento externo. Pero es necesario superar el bla, bla y empezar a actuar.

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